El mayor de los municipios de la canaria isla de Fuerteventura, La Oliva, es conocido ante todo por las dunas y larguísimas playas de Corralejo.
Se entiende el éxito turístico del lugar cuando se camina sobre esas móviles colinas de finas arenas doradas, casi se diría que “de harina”, cuyo perfil recortado en el azulísimo océano atlántico regala imágenes impresionantes e inolvidables. Además de muchos likes en redes sociales… Y qué decir de esas playas que no parecen tener fin, muchas de ellas salpicadas de rocas y cenizas petrificadas (algunas en forma de palomitas) procedentes de fenómenos ocurridos hace millones de años.
Nada menos que 2.600 hectáreas de extensión tiene el Parque Natural Dunas de Corralejo. Un espacio protegido creado por las instituciones autonómicas con la intención de preservar el incontestable valor de este ecosistema tan característico de la isla majorera.
Fuerteventura, la más antigua de las Islas Canarias
Fuerteventura es una isla de paisajes dramáticos, marcada por la abundancia de cráteres y otros elementos geológicos de origen volcánico. Esos fenómenos son también los que han dibujado el paisaje del municipio de La Oliva, el más septentrional de la isla, sobre todo hacia el interior. Y explican la ausencia casi total de bosques o grandes extensiones de mata vegetal.
Y eso que Fuerteventura es la más antigua de las Islas Canarias: su afloramiento desde el fondo del océano se estima que ocurrió hace unos 22 millones de años. Pero los vientos alisios, intensos y persistentes, la insolación y una limitada degradación del terreno han convertido la isla en un aparente desierto.
Decimos bien: es solo apariencia. La realidad es que hay mucha vida en estas tierras. De origen natural, con plantas autóctonas perfectamente adaptadas a la meteorología y la geología, y también otras implantadas por obra humana. Por ejemplo, aquí se pueden encontrar grandes extensiones de piteras, es decir la planta del sisal (un tipo de agave), usada tradicionalmente para la confección de sacos y cuerdas.
Viñas entre la lava
Aprovechando las plantas de desalinización de agua marina, cada vez más eficientes, también hay algunas viñas. Sobre todo, de uvas malvasía (como en la vecina isla de Lanzarote) y listán blanco y negro, con las que se elaboran vinos de gran mineralidad y persistencia aromática y gustativa, en producciones bastante limitadas.
Un buen ejemplo es la familia Benítez, que elabora sus vinos en su propia casa (incluso tienen una viña con varias decenas de cepas en el propio jardín), que derrocha ilusión y hospitalidad al recibir a quien quiera conocer su pequeño negocio: Bodegas Tindama. Están en la localidad de Lajares, dentro del municipio de La Oliva.
Disfrutar de la gastronomía de la isla
Con permiso de la actividad turística (esto, sobre todo, en torno a Corralejo), la riqueza de La Oliva está en su agricultura y ganadería. Gracias a la segunda, fundamentalmente caprina, se elaboran esos quesos majoreros que han puesto a Fuerteventura en el mapa de los productos más peculiares del mundo. Un queso de sabor intenso, incluso picante y algo ácido, y textura más o menos cremosa en función de su grado de curación.
En la ganadería está el origen también del ingrediente fundamental de la cocina de Fuerteventura: el cabrito. Aquí se toma de maneras diversas, no solo asado. Lo demuestran en el restaurante Mahoh, en Villaverde. De éste sorprenden las dimensiones del comedor, pero es entendible el éxito del negocio al probar su cocina, tan auténtica, local, sabrosa y abundante.
Mahoh es también un pequeño hotel con encanto, piscina, jardín, nueve habitaciones y una villa con tres habitaciones más, construido sobre lo que fue una casa campesina de más de 200 años de antigüedad, donde las familias, incluidas las que viajan con niños pequeños, son más que bienvenidas.
Paladea, la feria gastronómica y deportiva de Fuerteventura
Sin perder de vista el capítulo gastronómico, lo cierto es que Villaverde, pequeña localidad rural de interior, a unos 12 kilómetros de Corralejo, es una de las más suculentas del municipio de La Oliva. Tanto que cada año, coincidiendo con el principio de la primavera, se celebra aquí Paladea, un festival que combina lo culinario con lo lúdico y deportivo.
En pleno centro del pueblo se plantan varias carpas donde tienen lugar degustaciones y concurso de tapas a cargo de productores y negocios de hostelería locales, showcookings y master class de cocina, competiciones de elaboración de mojo y otros platos canarios, talleres diversos tanto para niños como para adultos, actuaciones musicales…
Un lugar de encuentro para la población local y también para cuantos se animen a visitar la isla en esas fechas. Al tiempo, durante esos días, se celebran varias actividades deportivas: carreras de montaña (trail running), ciclismo y mountain bike, senderismo…
El Cotillo, esencia marinera
Sin abandonar el municipio de La Oliva es también recomendable la visita a El Cotillo. Un pueblo marinero de cierta importancia histórica, pues a partir del siglo XVII fue puerto principal para las naves que servían la ruta comercial entre Fuerteventura y Madeira.
Su pequeño puerto lo protegía un sistema de construcciones defensivas entre las que destaca la Torre del Tostón, también conocida como el Castillo de El Cotillo. Un edificio de planta circular, construido a principios del siglo XVIII sobre la torre original levantada por el conquistador de la isla, el normando Juan de Bethencourt. Su azotea es uno de los mejores miradores a este espectacular tramo de la costa oeste de Fuerteventura, una meca para practicantes de kite surf, windsurf y surf.
Desde 2024 la torre alberga un pequeño museo, muy interesante para toda la familia pues narra tanto la función y avatares del edificio a lo largo de los siglos, como aspectos relacionados con la navegación, las rutas comerciales y los sistemas defensivos costeros.
Tras la visita a tan instructivo lugar se impone un paseo por el pueblo. Sin duda uno de los más bonitos y singulares de la isla, con las fachadas de sus casas blanqueadas salpicadas de rocas de indudable origen volcánico y los farallones que lo rodean sacudidos por la enorme fuerza del océano.
Como remate del paseo bien merece sentarse a la mesa de algunos de sus restaurantes especializados en cocina del mar, majorera y canaria. Un buen ejemplo es Piedra Alta donde, amén de suculentos pescados del día (de horas, podría decirse), hacen algún que otro guiño a la cocina actual e internacional, aprovechando la calidad de producto a la que tienen acceso.
Así, sorprenden platos como el tartar de remolacha con queso y nueces, los chips de morena, la cazuela de calamares o los mejillones tigre. Y, por si fuera poco, desde su terraza, o detrás de sus ventanales en caso de que el viento azote con fuerza, se puede disfrutar de uno de los atardeceres más impactantes en esta isla con tanta personalidad.





