Las familias ya no responden a un único molde, y eso no es una crisis: es una evolución. Separaciones, nuevas parejas, hijos de distintas historias bajo el mismo techo. ¿Cómo se viaja así? ¿Cómo se disfruta?. Entrevistamos a Ane Arieta, experta en familias reconstituidas.
Ane Arieta es mediadora familiar y fundadora del método STEP, especializada en la reorganización de familias tras el divorcio desde un enfoque sistémico y multidisciplinar. Lleva años acompañando a familias reconstituidas, esas que conviven con varias historias previas, varios ritmos y varios «antes», y tiene algo muy claro: en las vacaciones en familia reconstituida, el problema rara vez es el destino. El problema es lo que los adultos no han acordado antes de salir por la puerta. Hablamos con ella sobre todo lo que nadie te cuenta cuando planificas un viaje con una familia ensamblada.
– En las familias reconstituidas, las vacaciones suelen implicar más planificación que en otros modelos familiares. ¿Cuáles son las claves para organizar bien esos periodos y evitar tensiones?
En las familias reconstituidas, o ensambladas, muchas tensiones en vacaciones no vienen tanto de la organización como del desconocimiento de los propios retos del sistema. Uno de los más habituales es el exceso de confianza mal colocada. Como la relación de pareja está consolidada, damos por hecho que esa confianza se extiende también al vínculo con los hijos. Y no es así. Se delegan funciones y límites sin tener en cuenta que esos vínculos aún no están igual de construidos, generando una asimetría emocional que, si no se gestiona, acaba pasando factura.
A esto se suma otro error frecuente: poner el foco en que los hijos acepten rápido a la nueva pareja y que todo fluya. Pero ninguna familia, y menos una ensamblada, se construye por afinidad, sino por estructura, límites claros y liderazgo adulto coherente, como ya Patricia Papernow señalaba.
Para que la convivencia funcione, es clave asumir algo incómodo pero real: la nueva pareja cambia la dinámica familiar. Habrá ajustes, resistencias y, al principio, incluso conflicto. No es un problema a evitar, sino parte del proceso de integración. Aceptar a la nueva pareja no es aceptar una idea, sino a una persona concreta, con sus formas y límites. Y eso requiere tiempo y coherencia por parte de los adultos.
Por eso, más allá del destino o la logística, lo importante es acordar previamente normas básicas de convivencia entre adultos: tiempos, gastos, límites con los hijos o cómo actuar en momentos de tensión. Una referencia útil es preguntarse: ¿cómo nos comportamos cuando viajamos con otro adulto que no es nuestra pareja? Ahí solemos consensuar más, cuidar las formas y no dar nada por hecho. En las familias ensambladas, esa prudencia muchas veces desaparece, y ahí empiezan los desajustes.
En definitiva, las vacaciones funcionan mejor cuando dejamos de intentar que “todo encaje” y nos centramos en generar seguridad desde la estructura y la coherencia adulta. Porque no hay que olvidar algo esencial: la responsabilidad de sostener el marco es de los adultos, no de los niños.
-¿Cómo se gestionan las diferentes expectativas entre adultos y niños a la hora de elegir destino o actividades?
En familias ensambladas, gestionar las expectativas en vacaciones no consiste en que todos decidan, sino en entender que escuchar y decidir no es lo mismo. Cuando las familias son más complejas, las estructuras son si cabe más importantes.
Es importante escuchar a los niños, saber qué les apetece o qué les hace ilusión. Pero no es adecuado que asuman decisiones que afectan al conjunto, porque cuando hay varias ramas familiares puede que surjan preferencias distintas. Si se les coloca en esa posición, pueden aparecer conflictos, comparaciones y sensación de injusticia.
Por eso, los adultos son quienes deben definir el marco del viaje: destino, ritmo, presupuesto o tipo de planes. Esto no implica no tener en cuenta a los niños, sino integrar sus necesidades dentro de un contexto que los adultos sostienen.
A partir de ahí, los niños pueden participar en decisiones acotadas, lo que además permite algo muy valioso: aprender a convivir. A entender que a veces se cede, que no siempre se puede elegir todo y que convivir implica llegar a acuerdos, esperar turnos y tener en cuenta a los demás.
Esto es especialmente relevante en familias ensambladas, donde los niños pueden estar más sensibles o necesitar sentirse incluidos. Por eso, el papel del adulto es doble: marcar el rumbo y acompañar emocionalmente, validando lo que sienten sin que eso desorganice las decisiones.
También conviene evitar intentar que todo sea exactamente igual para todos en todo momento. Esa búsqueda constante de equilibrio suele generar más comparaciones y tensión. Al igual que hacemos entre hermanos, donde las edades de cada uno, necesidades particulares por etapas, contexto,… hace que puedan tener concesiones que otros no, en estas familias, es importante también que exista un criterio claro, comprensible y sostenido. Mientras sea coherente, y el adulto sostenga, el hijo integrará y aprenderá los valores que marcaron esa diferencia.
En definitiva, las vacaciones funcionan mejor cuando los adultos crean un marco seguro y previsible, y los niños pueden ir adaptándose progresivamente a él, sintiéndose escuchados pero no sobrecargados con decisiones que no les corresponden.
-¿Cómo conseguir que todos los miembros de la familia se sientan incluidos durante el viaje?
En familias ensambladas, sentirse incluido no significa decidirlo todo, sino tener un lugar claro dentro del plan. Y ese lugar se construye con pequeños gestos de pertenencia: anticipar lo que va a pasar, explicar los planes, dar contexto y evitar sorpresas que descoloquen. Todo ello desde la calma, sin necesidad de buscar validación o reacción, sino sosteniendo el plan con seguridad. Amor y acompañamiento
Algo clave es no poner a los niños (ni a los propios adultos) en situaciones de comparación o presión, como decidir entre todos en voz alta. Recordemos aquí lo de que la confianza dentro de la pareja no siempre es equivalente a la que existe con los hijos. Colocar a la pareja en una posición para la que aún no hay vínculo suficiente, puede generar sobrecarga y desajustes.
En estos sistemas es habitual que haya preferencias distintas, y exponerlas sin filtro puede generar tensiones innecesarias. Y no atreverse a hacerlo para sobreadaptarse, carga. Por eso, lo más funcional es que los adultos integren esas preferencias de forma pensada y contenida.
Y hay algo fundamental: en estas familias pueden aparecer celos, resistencias o incomodidad. No es necesario que todo el mundo esté bien todo el tiempo, sino permitir que esas emociones existan sin que eso desorganice el plan… ni desborde a los adultos. Validar lo que cada uno siente sin intentar resolverlo todo.
En definitiva, la inclusión no se logra haciendo que todo encaje, sino generando un entorno seguro donde cada uno tenga su lugar, aunque el ajuste sea progresivo.
– ¿Cómo se pueden abordar las emociones que aparecen en estos contextos de forma sana durante los viajes?
Como hemos dicho, las emociones no se resuelven corrigiéndolas, sino acompañándolas. En familias ensambladas, que aparezcan emociones como nostalgia, celos o comparación es completamente normal. No indican que algo esté yendo mal, sino que el sistema está en proceso de adaptación.
De hecho, ese ajuste no siempre es lineal ni tiene un “final claro”. A veces se tiende a buscar que todos estén bien todo el tiempo, pero eso puede generar una idealización poco realista. Los hijos necesitan poder cuestionar, expresar y transitar emociones sin que eso ponga en riesgo el sistema. Cuando el entorno lo sostiene, aprenden a gestionarlas mejor.
Al final, se trata de ir construyendo una identidad familiar, que (como en cualquier familia) puede gustar más o menos en distintos momentos o etapas. Abordar estas emociones de forma sana pasa primero por nombrarlas y validarlas: poder decir “es normal que eches de menos otras vacaciones” o “entiendo que esto te resulte raro o incómodo”. Eso ya reduce mucha tensión.
A la vez, es importante mantener cierta estabilidad: que los planes no cambien constantemente en función de cada emoción. No se trata de imponer un “esto es lo que hay” de forma rígida, sino de ofrecer un marco que se mantiene, porque esa previsibilidad también protege.
Frases como “antes era mejor” o “con mamá/papá era distinto” pueden aparecer y forman parte del proceso. No hay que temerlas ni competir con otras experiencias, sino construir una nueva realidad poco a poco, sin invalidar lo anterior ni sentirse cuestionados por ello.
En definitiva, se trata de dar espacio a las emociones sin que tomen el control, combinando validación emocional con estabilidad en el plan.
-¿Se pueden crear tradiciones nuevas en una familia ensamblada? ¿Cómo?
En familias ensambladas, más que crear nuevas tradiciones, se trata de construir una forma de convivir que se sostenga en el día a día. La identidad familiar no nace de rituales forzados, sino de pequeñas cosas que se repiten porque funcionan: una manera de organizar los días, ciertos momentos compartidos, códigos o hábitos que, con el tiempo, van generando continuidad.
En este proceso hay algo clave: no se trata ni de sustituir lo anterior ni de mantenerlo activamente, sino de no entrar en lucha con ello. Los niños pueden recordar, comparar o echar de menos otras experiencias, y eso es completamente normal. Se puede nombrar y validar sin problema. Pero eso no significa que el presente tenga que organizarse en función de ese pasado.
La clave es muy concreta: reconocer lo anterior, pero construir el presente desde lo que ocurre ahora. Cuando no se compite ni se intenta borrar, esas referencias pierden intensidad con el tiempo y se integran de forma natural, especialmente si no entramos en competición con la otra casa y la vida con su otro progenitor.
A partir de ahí, lo importante es sostener una convivencia clara y estable. Es desde esa repetición, no desde la intención de “crear algo especial”, desde donde poco a poco van apareciendo dinámicas propias de esa nueva familia. En definitiva, la identidad no se diseña: se construye viviendo juntos de forma coherente, sostenida y realista.
-Desde tu experiencia ¿qué diferencia unas vacaciones en familia reconstituida que funcionan de las que se vuelven conflictivas?
La diferencia entre unas vacaciones que funcionan y otras que se vuelven conflictivas en familias ensambladas está en cómo está sostenido el sistema adulto. Funcionan cuando hay un marco claro: los adultos están alineados, las decisiones están tomadas y hay coherencia en cómo se gestionan los límites y las situaciones que van surgiendo. Porque el problema no es que aparezcan conflictos (eso es normal), sino no tener estructura suficiente para sostenerlos. Al final, unas buenas vacaciones no son las que evitan las tensiones, sino las que tienen un sistema lo bastante sólido como para atravesarlas sin desorganizarse.
